Aquí esta la segunda parte de la historia que estaba en las noticias de ASELSI en agosto:

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Yo sentí que Dios quería hacer algo más allá que “solo” salvar a Gabriel y perdonarlo de sus pecados.  Sentí que quería empezar el proceso de sanar el odio que existía en el corazón de Gabriel…y que lo quería hacer por medio de Luis Miguel.  Invité a Luis Miguel para que entrara en la conversación, y le pedí que compartiera su testimonio de lo que Jesús había hecho en su vida.  Mientras Miguel compartió su liderazgo previo en la mara y contó muchos de los hechos violentos que había hecho como un miembro de la mara, yo vi que Gabriel tenía los ojos medio cerrados.  Por un momento, empecé a sentir lástima por lo que había iniciado.  Pero luego Dios me recordó que El había iniciado este intercambio, no yo, y que El se estaba moviendo en este encuentro.  Inmediatamente sentí la paz de Dios y me relajé mientras El empezó a obrar por medio de Luis Miguel.  Cuando Luis terminó su testimonio, le informé que Gabriel era un miembro de otra mara.  Inmediatamente sonrió y nada menos que amor puro empezó a fluir de Luis a Gabriel.  Luis Miguel compartió con Gabriel las maravillas que Dios había estado haciendo en su vida y como Dios lo había liberado de las cargas pesadas del odio, temor, falta de perdón,  y los deseos sin fin de cometer venganza en contra de los enemigos.  En lugar de estas cargas, Dios le estaba enseñando amar a sus enemigos.  Le dijo a Gabriel que en Jesús, él también podría ser libre.

Los dos hombres jóvenes se agarraron de la mano y se abrazaron.  Luego se sentaron en el templo y platicaron por quince minutos más.  Al final de la conversación, Luis Miguel puso sus manos sobre Gabriel y oró por él.  En el mundo de maras violentas, este tipo de reconciliación casi nunca pasa.  La presión para lastimar y aun matar a los enemigos es intensa.  Cualquier señal de debilidad puede ser fatal en la vida de un marero.  Sin embargo, el amor de Dios es más poderoso que cualquier presión de amigos, cualquier odio o miedo.  El amor de Dios rompe estas barreras y penetra el alma del hombre.  Cuando uno experimenta el amor y presencia de Dios en su vida, todo empieza a cambiar.

Había una vez que yo era un alcohólico, un hombre violento, lleno de heridas del pasado e inseguridades escondidas.  Pero Jesús, en su gran amor por mí, sanó mis heridas, y me liberó de mis adicciones.  Yo creo que Dios tiene un plan parecido para Gabriel.  Estoy gozando en Jesús, mi Señor y mi Dios, que “el Hijo del Hombre no ha venido para perder las almas de los hombres, sino para salvarlas”. (Lucas 9:56)  ¡Gloria a Dios en las alturas!

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